La iglesia católica vive tiempos muy difíciles.  Hay fuerzas  oscuras que desde distintas corrientes ideológicas se han dedicado a difamarla  porque es una de las pocas  instituciones con presencia global   que  ha dado la batalla en defensa de la vida y la familia  tal y como fue concebida por Dios desde la creación de la  humanidad. Es la iglesia  la entidad que  además  ha hecho  sentir su voz en contra del crimen del  aborto, la eutanasia, la segregación racial,  la explotación sexual, la guerra y la acumulación de la riqueza en pocas manos mientras miles de personas mueren de hambre. Estas corrientes ideológicas, han encontrado   en la fuerza de los medios de comunicación amarillista y en  las redes sociales la mejor plataforma para generar  confusión en la sociedad.

 El  impacto de los ataques que se han recibido desde el exterior y que le han generado tanto daño a la institución,  han tomado mayor fuerza por  el delito de pederastia  y los actos de corrupción cometidos por unos pocos  sacerdotes  que no han estado a la altura del ministerio  que han recibido de Dios. Delitos que al ser conocidos  y probados por la santa sede han generado expulsión de dichos sacerdotes.

Frente a esta realidad que estremece a la iglesia,  el santo padre ha pedido a los feligreses de todo el mundo a que oremos con mayor intensidad, y en el  mes de octubre el Papa Francisco pide que hagamos un esfuerzo mayor en nuestra oración personal y comunitaria, por ello, nos invita a rezar el Santo Rosario cada día y con especial devoción, pidiendo a la Virgen María que ayude a la Iglesia en estos tiempos de crisis, y nos pide también invocar la intercesión del Arcángel San Miguel, “Jefe de los Ejércitos celestes”, para que la defienda de los ataques del maligno.

También el papa, anima a rezar el rosario por nuestras familias  y para vencer las propias fragilidades; al menos esa es mi experiencia. Una cosa que me hace más fuerte todos los días es rezar el Rosario a la Virgen. Siento una fuerza tan grande, porque voy a estar con ella y me siento más fuerte”.

Él justifica su práctica de devoción mariana de forma muy sencilla: “¡el Rosario me hace bien!”.

El Santo Padre explica que, en nuestra lucha contra el mal, nunca estamos solos: “María no nos deja solos; la Madre de Cristo y de la Iglesia está siempre con nosotros. Siempre, camina con nosotros, está con nosotros”. Como la Iglesia es militante en la Tierra y, al mismo tiempo, triunfante en el Cielo, también la Virgen María, en cierto sentido, participa de esta condición. La Madre de Dios entró de una vez por todas, en la gloria del Cielo, por lo tanto, esto no significa que ella esté lejos, separada de nosotros. Al contrario, “María nos acompaña, lucha con nosotros, apoya a los cristianos en la lucha contra las fuerzas del mal. La oración con María, en particular el Rosario tiene esta dimensión ‘de combate’, es decir, de lucha, una oración que apoya en la batalla contra el Maligno y sus cómplices”

 Él también dio el testimonio de cuánto el Rosario fue el auxilio eficaz para vencer sus propias debilidades. Porque, el Rosario de la Virgen María nos fortalece en la lucha contra el Demonio, contra el pecado y contra el espíritu del mundo. Con su vida, el Santo Padre nos enseña a valorizar la oración del Rosario especialmente en familia y la devoción a la Virgen María. Porque es la Santísima Virgen “quien nos lleva al Señor; es la Madre, es aquella que sabe todo”. Confiados en nuestra Madre, entregamos todo en sus manos, siempre recurrimos a ella principalmente por medio del Rosario. ¡Nuestra Señora del Rosario, Ruega por nosotros!